Parecen lejos de aquellos obreros de mirada dura y rostros curtidos, sin más educación que aquella, cuyo torrente de tinta roja manaba de las sagradas escrituras del Manifiesto, con epílogos anunciados, luego de epopéyicas huelgas, donde el fuego de los Mauser, terminaban imponiendo el silencio sordo de la muerte; no reclaman por el alza del pan, ni la cesantía; están en la calle exigiendo respeto por los ríos, la pureza del aire envenenado y el derecho a una educación gratuita y de calidad. Son los hijos de la llamada clase media emergente y de familias que ven a sus primeros representantes en las aulas de la academia. Informados y culturalmente conectados con los nuevos paradigmas que dominan las tendencias en el planeta. Desconfiados de las instituciones que ostentan las elites políticas y empresariales;incluida la iglesia, que desde los albores de la república fue la encargada de educar a la aristocracia chilena; sector desde el cual se levantarían las banderas de la insurrección independentista. Desde esos tiempos la jerarquía eclesiastica ha debido enfrentar sus propias contradicciones y conflictos de interés,administrando e inculcando los valores y principios de las clases dominantes en exclusivos colegios, donde han predominado los apellidos castellanos -vascos y anglosajones. Es una energía cíclica que brota desde las profundidades de la cultura humana; es el proceso natural de expresiones transformadoras, cuyas raíces parecen perderse en los oscuros vericuetos del tiempo, que pasan por las catacumbas, y la no violencia de Ghandi y Luther King. En su etapa incipiente es rebelión, que enfrentada a las contradicciones del poder se alimenta de la dignidad para llegar a madurar y convertirse en revolución. Lo dice el presidente: nada es gratis en la vida; una gran verdad, pero no es el precio en metálico, que parece ser la obsesión del primer mandatario; de seguro esta revolución costará sangre sudor y lagrimas;pero son jóvenes, y ese es su gran capital; están llamados a cambiar el planeta, es su karma y como dijo alguien en los setenta: ser joven y no ser revolucionarios es casi una contradicción biológica; tienen la mística y la energía. Es la épica de estos tiempos recargadas de sacrificio y heroísmo, como aquel movimiento sesentero surgido en el corazón del imperio que rompió con las estructuras colonizadoras, a punta del rasgueo de las cuerdas y la lirica subversiva de Dylan y Joan Baez, y que tuvo su máxima expresión, un día de agosto del año 69, en las colinas de Woodstock; o las barricadas ardiendo en el barrio latino de París y que en mayo del 68 bajo la conducción de Con Bendit , hicieron tambalear al gobierno de De Gaulle, cuyos grafitis inspirados en Marcuse, quedaron grabados a fuego en los muros del Sena y como un reguero de pólvora alcanzarían hasta el frontis de la Casa central de la Católica con ese lienzo, que hasta estos días enerva a los devotos de Agustín: “Chilenos El Mercurio Miente”.

La clase política está desconcertada. Los sociólogos y cientistas, analizan y buscan explicaciones al fenómeno; los partidos políticos intentan ser parte de la fiesta a la cual no han sido invitados. Tuvieron su farra y evaporaron sus ideas. De ahí saldría uno de los slogans mas voceados en las marchas: “El pueblo unido avanza sin partido”. La adversidad une a Concertacionistas y Aliancistas, buscando consuelo en el empate, sin entender que los movimientos son procesos que “siempre vienen de antes”, deslizándose desde la marginalidad subterránea, hasta emerger a la superficie, alcanzando su máxima madurez. La criminalización de las caras visibles no ha surtido efectos; es que ellos, los voceros, pertenecen a la nueva estirpe dirigencial, aquella que si bien reconoce en la historia sus referentes, no pierde el tiempo ni se desgasta en artilugios ni entelequias; están de pie, claros y con fundamentos sólidos en sus planteamientos. Derribaron un gabinete, junto al duro y precario 26 % de apoyo, que como una mancha de aceite, pena en palacio, al igual que el espíritu de los que un día cayeron en combate en la casa de Toesca. Lavín se fue con sus acciones de la UDD y Bulnes con sus incoloras e insaboras 21 medidas no parece encontrar apoyo por ningún parte.

El gobierno desperdició una oportunidad histórica, de quebrar el paradigma de los gobiernos de derecha, que cargan con el ADN de gobernar solo para los más ricos.Grandes empresarios dieron luz verde a la posibilidad de cambiar el sistema tributario de las empresas. Si a eso agregamos un royalty minero real,permitirçian financiar la educación desde los niveles prebasicos hasta la superior.Entregando educación gratuita y de calidad a 300 mil universitarios y así Chile habrá dado un paso gigante para acortar la vergonzosa  brecha entre el 20%  de la población que se lleva el 80% de la riqueza que produce el país.El gobierno parece actuar solo por reacción: desprestigia al movimiento; descalifica a sus líderes, apuntando solo a destacar a los vándalos que hacen el trabajo sucio, y de paso dan suficientes argumentos a quienes solo se refugian  en la vía represiva para contener las demandas.

El Martes 9 de agosto, fecha inolvidable para los habitantes de Nagazaki y cuando el gobierno apostaba al desgaste y cansancio del movimiento, se vivió una jornada como pocas; sin odio y sin violencia, ciento cincuenta mil almas al ritmo de diabladas o cumbia chilombiana, caminaban, saltaban y gritaban. Era la poesía, el color y la música. En paz.Con alegría. Como dijo Zurita: sin pena ni miedo.En la provincia de Petorca, Cabildo pareció entrar en un estado de regresión histórica, después de las  intensas convocatorias motivadas por el tema del agua, rememoraban el golpear seco de los bototos mineros sobre el pavimento; hoy, herederos de la altivez de esos hombres que conocieron de duras batallas y represión, se alzan para exigir del estado lo que legítimamente les pertenece: educación gratis y de calidad para todos.Cuando las sombras del invierno se suman a la complicidad rebelde de los ciudadanos, la primavera se instala en plazas, pasajes y edificios al son intermitente de las cacerolas. Dueñas de casas, niños y viejos hacen sentir su malestar a la nueva forma de gobernar, con el ruido incesantes de ollas sartenes y cucharones, reviviendo jornadas ochenteras que exasperaban al dictador, lanzando a las poblaciones la furia de todas su fuerzas represoras.

¿Perder el año escolar?, a esta altura, como un acto administrativo no parece importar a nadie más que al gobierno, que apela al atávico uso del miedo instalado en el subconciente colectivo, apuntando la pistola en la sien de los chilenos, recibiendo una sola respuesta, “preferimos perder un año a perder el futuro”.