Aunque no la conozco, siempre he tenido un afecto especial por Colombia. Será por Macondo y don Gabo; por los paisajes del caribe; por Maria llena de gracias; por la belleza de sus mujeres; tal vez por Higuitas y Valderrama. No sé. Lo cierto es que Colombia y sus dramas: narcotráfico, guerrillas, sicarios y vallenatos, son la esencia de este tercer mundo que reclama su existencia en una planeta que parece girar al revés.
El termino de la guerra fría; la caída de los muros y la muerte de las utopías, marcaron la vida política de millones de seres humanos, cuyos ideales se desmoronaban, producto de la deformación de los ideales humanistas que surgieron como alternativa a un sistema que basaba su existencia en la explotación del hombre por el hombre. La libertad conculcada; violaciones sistemáticas a los derechos de las personas; estados militaristas; partido único y todo tipo de restricciones, constituían “el paraíso” que existía al otro lado de la cortina de hierro. El mundo bipolar de postguerra, determinado por los imperialismos marcó el destino de los pueblos; sobretodo los más débiles, dividíendo el mundo en dos zonas de influencias: Capitalismo, liderado por USA y el mal llamado socialismo de la URSS. América latina, “el patio trasero” del tío Sam, comenzaba a desmarcarse de la Unión Soviética, a través de los movimientos de liberación nacional, que fusil en mano, luchan en las montañas y selvas por lograr el derribamiento de los gobiernos militares y los escuadrones de la muerte impuestos por Washington, con diferencias abismantes: por un lado guerrilleros mal apertrechado y hambrientos, haciendo frente a ejércitos perfeccionados en Panamá en el arte de la tortura, apoyados por marines y rangers americanos.
Así fue como llegó la Perestroika y el Glasnot, y la estantería se vino abajo con todos los dictadores incluidos; era la fuerza irresistible de la libertad. Eric From en su libro el “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea”, desterró el temor de una conflagración mundial entre las potencias al predecir que sería la liberalización de la Unión Soviética y la “socialización” de los Estados Unidos, la que marcaría el rumbo del devenir futuro en materia política y económica de la humanidad.
Las columnas verde olivas bajaron de las montañas. Sería en las poblaciones, sindicatos y universidades, donde los nuevos protagonistas levantarían las banderas en contra del neoliberalismo capitalista, que ha sembrado pobreza, hambre y drogadicción entre los marginales; sin embargo en un arranque propio del realismo mágico, las FARC y el ejército colombiano detuvieron la historia y el clarín de la retirada no se escuchó en la selva.
Francis Fukuyama y su “Fin de la historia”, que colocan a la democracia y al mercado como los únicos medios por los cuales deberá regirse el ser humano, enfatizando en la liberalización o en la socialización de las derechas e izquierdas, no han sido suficientes.
El inicio del desarme y el intercambio humanitario de rehenes por presos había comenzado con buenos augurios de paz duradera, pero la lógica bélica de Bush y Uribe, no están para estrechar las manos. La genuflexia; la rendición humillante; el exterminio de los guerrilleros, aun cuando esto se consiga pasando por encima de la soberanía de los países vecinos que buscan la paz y el reencuentro de todos los latinoamericanos, son los signos de muerte de los mercaderes de la guerra. Chile está por hacer cumplir la legislación internacional de la autodeterminación de los pueblos y el respeto a la soberanía de los paises.

Libertad para todos los rehenes que sufren en poder de las FARC; libertad para los presos políticos que se pudren en las cárceles de Colombia; mas democracia, justicia y libertad, es el camino para todos los pueblos desde el río Bravo hasta Tierra del Fuego.