La Ligua 10 de septiembre de 1973...
Ricardo detiene la mirada un instante en el horizonte, donde los rojizos cielos del Chile central, parecen caer como un gran meteorito sobre el Pacífico. Mientras tanto, Ascencio y Umberto permanecen sentados en el tosco pavimento del anden, junto a una torre de cajas plataneras; embelesados con la narración de Jairo; la cual acompaña de gesticulaciones y movimientos de manos como un verdadero prestidigitador. En la atmósfera se percibe la tibieza del aire primaveral, el cual comienza a instalarse lentamente en un escenario profusamente multicolor; denotando la generosidad del período invernal que comienza a batirse en retirada. De esquelética contextura, pelo desgreñado, pómulos salientes, chaqueta verde oliva con parches de cabo del ejercito y su máximo orgullo: los jeans Lee, que su hermana le había comprado a un marino del Cerro Alegre. Ricardo se acercó a la línea férrea y cortó una azafranada campanita y se la puso en la oreja, esperando alguna reacción de sus amigos, lo que no consigue, ya que una vez más, Jairo narraba la historia de la niña que por desobedecer a sus padres se había convertido en mariposa. Fue en una pequeña y descolorida carpa en el centro de Pueblo Hundido, donde aún vivían algunas almas, esperando que un milagro despertara al desierto del sueño eterno de la soledad y cual Lázaro se levantara trayendo jarana y fichas de colores. La Mariposa aquella, le predijo el futuro: Serás un gran predicador, y no olvides nunca esto: "no desobedezcas a tus padres o serás condenado de por vida a ser un insecto alado como yo". En todos los velorios del Cerro Municipal la historia se repetía una y otra vez. El progreso, las noticias y la moda llegan tardíamente al otro lado de la cuesta del Melón, que corta sin piedad el territorio en dos mundos. Muchas noticias son conocidas sólo a través de las narraciones de los viajeros o de los privilegiados estudiantes internados en el Liceo de San Felipe, el Internado Nacional Barros Aranas o el Internado Nacional Femenino, que llegan, cada viernes a la plaza a lucir la exclusiva ropa que adquieren en Providencia o armar la fiesta del fin de semana. Ricardo intenta descubrir en la reflexión, las motivaciones, que lo llevan a participar en el viaje y en la que parecen mezclarse diversas sensaciones e influencias novelescas o cinematográficas, como la película "Busco mi destino" que vio cuatro veces en el Cine Ligua y que durante algún tiempo lo tuvieron transformado en el "Capitán América". Un viaje a lo desconocido, donde el destino y el resultado parecen importarle muy poco. ¿ Sería quizás el reencuentro con las oficinas salitreras de las cuales le habló tantas veces su padre Primitivo Caro, que se había embarcado en un enganche en el puerto de Coquimbo? ¿o tal vez, sería la magia del reloj de la plaza Colón de Antofagasta, que daba la hora al ritmo del vals y que encandiló al viejo pampino ?. Nunca lo supo. Las flores a la orilla de los rieles de la vieja estación de Rayado, ponen el toque policromático al paisaje limpio e inocente de comienzos de los setenta. Con el paro de los camioneros, la estación había recuperado parte de su antigua grandeza, gracias también, a la paciente mantención que hacía don Policarpo Fernández; un viejo carruncho que había pasado por todos los escalafones de la actividad y esperaba la pronta llegada del sobre lacrado con la orden de retiro que traería un superior de Calera. Nunca pensó que después de treinta y cinco años en Ferrocarriles del Estado y casi en los descuentos de su carrera, la estación tendría tal actividad. Había ingresado al servicio, primero como fogonero, pasando a maquinista; luego a inspector del tren Calera Puerto, para terminar como jefe de estación en Rayado; lugar donde laboran además, un cambiador y el boletero. Desde el andén, sólo se logra ver parte del viejo cementerio de La Ligua, como si fuera una tétrica postal que retratara lo que es su apacible vida provinciana; revolucionada sólo cuando llegaba algún circo o los parques de entretenciones, como el "Chilean Park" que traía la novedad que provocó largas colas de quienes querían observar a través de un pequeño caleidoscopio de carey, una secuencia de figuras de historietas, que iban cambiando con el movimiento y acción de la minúscula palanca. Ricardo guardó particularmente las imágenes de Hopalong Cassidy, las que conservó a través del tiempo, hasta la llegada de la televisión. Recordaba también como los hombres mayores, cual felinos al acecho, ingresaban sigilosamente hasta un pequeño cuarto oscuro, constituyendo toda una incógnita para los niños que no lograban comprender que había en ese mundo impedido para ellos. No olvidaba tampoco, cuando el Chalo Rosales amenazó al locutor del "Chilean Park", con romper todos los discos de vinilo, luego que a su mujer apodada la Chascona, una inmensa ballena blanca con melena, le dedicaran la canción “despeinada. Desde el tanquetazo militar que cercó La Moneda , las estrechas calles del pueblo, se veían remecidas por los desfiles de los mineros del interior de la provincia. Rostros curtidos, endurecidos por el rigor del frío precordillerano y el candente sol que golpea como un látigo en los veranos de interminables tardes de nunca acabar. Llegaban desde las minas de cobre, cuarzo y oro de Cabildo y Petorca. El ceño fruncido, cascos descoloridos y viejas lámparas colgando en sus pechos y según se decía con mechas de tiros de dinamita que escondían entre sus raídas ropas. Desfilaban con paso decisivo por la calle principal, ante la atemorizada mirada de los turcos, que apresuradamente cerraban puertas y cortinas metálicas, de las pequeñas tiendas de ropa, zapatos y géneros .
El viaje tendría que realizarse el lunes 10. Así lo había acordado el grupo en una de las tantas reuniones en la plaza de armas. El "Rica" como le decían sus amigos, no podría olvidar aquella noche del plan. Fue la misma oportunidad en que el "Loco Mario" subió a la Pérgola de la plaza, y se cantó completita la canción de Joe Cocker "Con una ayudita de mis amigos" que sonaba por los altoparlantes con un volumen que podía lograr el milagro de hacer oír a un sordo; mientras el Evaristo, un alcohólico empleado municipal, repetía cada vez que se iba a tomar la caña de tinto en el Restaurante Saint Francois. Así hubo noches en que el festival de woodstock se escuchó completo, en el pequeño pick up del subterraneo, a merced de los improvisados programadores, en medio de la espesura del humo de la yerba. No podían esperar más. Viajarían en la combinación ferroviaria que viene de Calera. En tres días más estaremos en Iquique, y ahí conocerán el matahombres, señalaba Jairo con tono amenazante. La matahombres como él la llamaba, era la experiencia de atravesar durante el día, el desierto de Atacama, donde el sol vaporiza hasta las lágrimas. Compraron los pasajes con una semana de anticipación. La demanda por un boleto en tren se había triplicado. Las clases quedarían en suspenso, ya que de los cuatros integrantes del grupo, tres estudiaban en el Liceo de La Ligua, sin embargo nadie parecía preocuparse por el tema, ni hizo el más mínimo comentario acerca de las prolongadas ausencias que obligarían a actualizar materias y pruebas atrasadas. A pesar de estar a las puertas de la enseñanza media, ninguno pensaba en ese momento en la Universidad. - En el futuro socialista, dará lo mismo ser obrero de una fábrica, intelectual o ingeniero, porque, al final seremos todos iguales, sentenciaba Ricardo en todas las discusiones políticas y filosóficas. El paro de los transportistas se prolongaba ya por espacio de dos meses. El desabastecimiento de productos esenciales en todo el país, se convertía en el problema más grave que debía enfrentar el gobierno. Ricardo odiaba las colas. Como el menor de los hermanos continuamente debía hacerlas, para conseguir productos esenciales, como aceite, pan, azúcar y todo lo imaginable. El papá del Rica sin embargo, se las ingeniaba cada semana para conseguir una canasta en la Junta de Abastecimientos y Precios del barrio cementerio. Hasta cigarros incluía, lo que sería el punto de partida para un vicio que acompañaría a Ricardo por muchos años. Ascencio y Ricardo eran hermanos. Vivían en un barrio obrero, que había conocido de pilones colectivos de agua potable, acarreando el agua en ganchos que colgaban sobre los hombros y del cual pendían los baldes o tarros. Por esos tiempos existía una especie de oficio en el rubro, ya que algunos se habían especializado y cobraban por acarrear y llenar un tambor. Las casas del barrio eran en su mayoría de madera, luego que el adobe sucumbiera a la fuerza de los terremotos del año 1965 y luego del 1971. Sobresalía la casa gris de los hermanos Caro, tosca y desnivelada, construida íntegramente por el padre en sus horas libres; también algunas de llamativos colores que habían resistido los sismos y conservaban parte de su antigua estructura y del cual surgía el característico aroma de los leños encendidos de los hornos de la fábricas de dulces.
En la estación de Rayado, embarcar fue toda una proeza. La locomotora de color ocre, encabeza la larga fila de oscuros carros que alguna vez fueron verdes, cortado por el vagón de carga donde se acomodan las cajas con la mercadería y en el cual apenas se logra leer en deslavadas letras amarillas:" Ferrocarriles del estado". Junto a los cuatro pasajeros suben dos vendedores de dulces, uno de los cuales era un hombre viejo, alto, de piel muy morena y grasienta, de nariz aguileña, quien lucia un sombrero negro de alón caído, y que según decía, fue testigo del accidente en que un conscripto perdió la cabeza, arrancada de cuajo por el puente metálico, cuando este sacó su cuerpo por la ventanilla; la cabeza volvió a entrar por la siguiente ventana cayendo en los brazos de una embarazada. Los vagones de segunda se encuentran repletos; incluso en medio de las pisaderas que unen los carros, era posible observar a jóvenes que querían llegar a algún lugar de cualquier manera. En el carro predominan los jóvenes. Un barbudo de pequeños lentes redondos y poncho chilote, canta: "que culpa tiene el tomate si está tranquilo en la mata"... el coro integrado casi por la totalidad de los pasajeros responde, "si viene un hijo de puta y lo mete en una lata"...La mayoría regresa a alguna de las universidades nortinas, mientras otros pasajeros, comparten presas de pollo fiambres y sandwish de pernil. Será la tónica del viaje; rasgueos de guitarras con sones de canciones revolucionarias. Todos los pasajeros apretujadamente se acomodan entre viejas maletas de madera, canastos de mimbres y bolsos de cuero. Todo era conversación, risas, humo de cigarrillos y confundidos olores de canastos con miel, pan amasado y charqui. Entre los pasajeros del carro viajan tres jóvenes que por su apariencia eran claramente extranjeros: de largas melenas rubias, con vistosas parkas de colores y llamativas mochilas. El carro es un ir y venir de gente que pasaba de un lugar a otro. Los amigos extranjeros resultaron ser suizos que viajaban con destino a Bolivia, acompañados de un genuino representante del hipismo chileno, de nombre Francisco y Oriundo de San Felipe. A duras penas intenta traducir algunas palabras, en un precario y divertido inglés. Era la caricaturesca imitación de un gringo.
Es martes 11 de septiembre. A través de la ventanilla, las primeras horas del día muestran su rostro frío y gris. El traqueteo de los carros sobre los rieles continúa sin pausa. Los pasajeros con revueltas cabelleras y somnolientas miradas, comienzan a compartir una caliente taza de té en el frío amanecer costero.
Como un caballo prehistórico cabalgando sin destino, la locomotora, va cruzando entre las montañas cortadas a punta de dinamita por otros hombres perdidos en el tiempo.
Llega al puerto de Coquimbo. Son las 13 horas la algarabía continúa en medio de los convites de pollo, té y pan amasado. En el andén de la estación, sólo unos cuantos pasajeros y fuerzas del ejército con ametralladoras, hacen cumplir el estado de emergencia decretado por el presidente Allende. Uno de estos pasajeros, cuyo aspecto Ricardo no olvidaría jamás: De rostro aceitunado, grandes dientes y pelo motudo, al subir se ubica a la entrada del carro, apoyando sus manos en los asientos del carro y como un emisario de malas noticias, señala con nerviosa sonrisa: "No saben que mataron a Allende, los milicos se tomaron el poder". Las palabras petrificaron hasta el aliento. Un silencio de desamparo e incredulidad inundó el carro. Eran verdaderos puñales desgarrando el vientre de los presentes - A las dos comienza el toque de queda. Uno de los pasajeros sólo atinó a decir - ¿Qué pasa en Santiago? Con el rostro perturbado y un acelerado corazón.
Al grupo se unieron dos mujeres, dispuestas también a no seguir viajando. Sólo Umberto decide continuar, sin dejar de lado su revolver, el cual como un juguete, desarma en numerosas y pequeñas piezas. Jairo mientras tanto, a duras penas logra ocultar, el carnet de las juventudes comunistas, debajo de la plantilla de su zapato izquierdo. Los cinco corren, por las estrechas calles de La Serena, como huyendo de una gran bestia. Automóviles que van y vienen, rostros alegres de señoras que pasan indiferentes a las historias que viven los amigos, banderas en los frontis de las viviendas de líneas coloniales. Faltan 20 minutos para el toque de queda. Ricardo mientras corre, va repasando las imágenes de las concentraciones, marchas, cantos y reuniones con los estudiantes y obreros. En el estadio Chile, en el aniversario del primer año de gobierno o en la Avenida Grecia, despidiendo a Allende quien viajaba a la sesión de la ONU y ese discurso inolvidable que se mandó. ¿Dónde estarán sus amigos del MIR? ¿Estarán reaccionando los cordones industriales?
Las calles comienzan a quedar desiertas,- lo mejor sería ir a una comisaría, propone la mujer que toma el liderazgo del grupo de teñida cabellera amarilla- total no hemos hecho nada malo. Todos obedecen a cualquier idea que surja del grupo. No hay tiempo de análisis. Rodeado por una trinchera de fardos de pasto y sacos de arena, detrás de las cuales se divisa un casco y una ametralladora punto 30. A 20 metros, el grito de ¡alto! Los hizo detenerse bruscamente. Con la ametralladora apuntando al grupo, un oficial de manera seca y cortante levanta su casco de fuerzas especiales y dice - En Santiago se vive una situación de hecho y a partir de las dos de la tarde dispararemos a quien encontremos en la calle, busquen donde quedarse. - Señor podemos quedarnos en la estación, propone la mujer más joven, casi en tono de súplica. - en una iglesia señala Jairo. La respuesta fue sólo ¡retírense rápido de aquí! Como una fatal cuenta regresiva, la hora continúa. De pronto un hombre de gruesos anteojos y vestir formal los invita a pasar a una oficina. Ricardo se da tiempo para recorrerla con la vista. Papeles, carpetas, escritorios, máquinas de escribir, un teléfono negro y una pequeña placa dorada donde se lee en letras negras "Fernando Rickerman contador". Nombre que no podría olvidar. Desde la oficina observan el paso de los primeros blindados. El hombre que en ningún momento se identifica, continúa desesperadamente marcando números - llamaremos a las residenciales para ver si tienen hospedaje. No tiene respuesta. Todo resulta infructuoso.- Llamaré a los hoteles. El desconocido demostraba tanto interés en ayudar, que parecía aplacar la angustia del grupo. -Sólo hay uno que tiene una habitación pero, no recibe pasajeros -vayan nos dice el hombre, es la ultima posibilidad.
Los cinco llegan al Hotel Bruselas. En la entrada, un hombre de distinguido aspecto. Alto de profunda mirada azul, tez muy blanca, peinado a la gomina, vestido con un elegante terno que hace juego con sus ojos, corbata del mismo color, donde destacan el prendedor en forma de delfín y las colleras doradas de su alba camisa. El hombre del físico imponente, flanquea las inmensas puertas de madera noble y reluciente, con grandes manillas de bronce. - Señor, nos dijeron que aquí había una habitación. ¿Nos podría dar hospedaje? El hombre dio una mirada de reojo al grupo y contestó lapidariamente - no hay habitaciones, lo siento. De pronto la mujer que había tomado el liderazgo, cuyo nombre nadie conocía, señala -señor yo a usted lo conozco. El hombre conocedor del viejo truco, arrugando el ceño, amablemente respondió - no me diga - perdone, continuó la mujer.- ¿Usted cuando va a Santiago va a almorzar al Restaurant EL Parrón de Providencia? -Siii responde el hombre, profundizando el azul de sus ojos, ante la sorpresiva interrogante. - señor yo soy la persona que lo atiende siempre. Con una ancha sonrisa el hombre responde - por la nueva estrella que brilla en Chile, pasen todos a mi hotel. En el segundo piso en una habitación con tres camas, Jairo observa el paso de los tanques y camiones con soldados carapintadas que van hacia la sede de la U donde se rumorea que los estudiantes se habían tomado los laboratorios y comenta: "es la nueva estrella que brilla en Chile". Las mujeres nerviosamente comentan que ellas viven en una población vecina a la Fábrica de Materiales del Ejercito FAMAE.
Tres golpes en la puerta de la habitación sacaron al grupo de los pensamientos internos que cada cual parecía construir. La camarera con un gesto de compasión y preocupación en su rostro, les señala "que la cena está servida".El comedor a media luz, rostros nerviosos que consumen cigarrillos tras cigarrillos y la radio entregando las últimas informaciones. Nadie pronuncia palabra alguna. El pescado al jugo, es consumido entre el silencio y la angustia. Entre bandos, marchas militares y comunicados se escucha: "Hace algunos minutos comandos del ejército, ejecutaron a célula extremista al mando del contador Fernando Rickerman, los individuos fueron sorprendidos en la oficina de este en el centro de La Serena, mientras preparaban atentado a instalaciones militares". Ricardo deja a medio camino la cuchara que busca su boca y un frío estremecimiento recorre todo su delgado cuerpo. Cierra los ojos, junta las manos e inclina su cabeza.

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