Que los jóvenes no están ni ahí; que existe desinterés por la política; que los políticos son los peores evaluados, ubicándose en los sondeos después de los homosexuales y prostitutas; que el sistema binominal está hecho para la Concertación y la derecha; que están los mismos de siempre aferrados al poder; que los partidos ya no representan a nadie, en fin; son algunas de las supuestas razones que tendrían los jóvenes al resistirse a la inscripción en los registros electorales y a participar en la vida pública.
Fueron varias décadas de intensa vida democrática; llevados al climax de la intolerancia, que provocaron el quiebre del 73. Periodo en el que los partidos tuvieron una influencia vital en el acontecer político del país; con aciertos y dramáticos errores. Pertenecer a un partido era casi una obligación ciudadana; la esencia misma de la participación. Dogmáticos y profundamente ideologizados.
Como una profecía autocumplida, la persecución y la represión ejercida por el gobierno de Pinochet, consiguió el efecto contrario al esperado; los jóvenes encontraron en los partidos, el condimento necesario, que envolvía a los perseguidos en aventuras clandestinas, en una aureola de romanticismo, seductora y enigmática.
Los partidos con su estructura organizativa y disciplinada fueron un factor decisivo, durante el gobierno militar, a la hora de crear las condiciones de crisis, que forzaran y aceleraran el tránsito a la democracia; luchando sin tregua por restablecer las libertades individuales de los chilenos.
La vuelta a la democracia, forjó expectativas de participación; de discusión en generaciones postergadas por décadas de la vida ciudadana. La vilipendiada y nunca bien ponderada generación del setenta, asumiendo los costos del meaculpa; los ochenteros por su parte, forjada en Peñas, barricadas y ayunos, reclaman su espacio, ocupados aún, por políticos que no parecen dispuestos a dejar los mullidos sillones del parlamento, ni los cargos del aparato estatal.
A quince años del retorno a la democracia, los nacidos en la era de la Concertación, muestran una total indiferencia frente a la clase política, y todo lo que huela a sistemas que busquen conservar y perpetuar el actual estado de cosas: las disputas internas entre grupos por ejercer el poder, (tendencias le llaman ahora); utilización de los partidos para lograr propósitos personales; el uso de los mismos como verdadera agencias de empleos; caudillismos y ausencia de discusiones internas, transparentes y amplias, podrían ser algunos de los factores que explicarían el desprecio por las instituciones y la actividad política por parte de los jóvenes. Hoy, las motivaciones de la generación del messenger y el fotolog, parecen ir por otro carril; entre chela y chela, la indiferencia marca el curso de los acontecimientos. Lavín, Piñera, la Bachelet o Hirsch parecen ser para ellos, más de lo mismo. Todo cambiará, para no cambiar nada.
Hoy, es la ciudadanía la que se pronuncia acerca de los temas que la afectan. Los partidos se encargan solo de recoger las aspiraciones y anhelos de quienes emiten sus juicios y opiniones a través de encuestas, medios de comunicación y organizaciones, buscando ser escuchados, por los grupos de poder y de esa manera cambiar el estado de cosas que los aflige.
La cultura expresada a través del rupturismo del rock, el teatro o la plástica parecen ser por estos días la última pasión; raíces, ecología,patrimonio e identidad, son las nuevas consignas enarboladas por el nihilismo juvenil en tiempos del arcoiris.
En España, la inscripción automática en los registros electorales decidió la última elección presidencial.Vamos participa. ¿Por qué los jóvenes no se interesan por la política?
¿Quién es el responsable de la apatía? ¿O esto es una tendencia mundial?

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Los show dados por los políticos de todos los colores, el no existir un proyecto distinto, tiene a los jóvenes desencantados.
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